APRECIAR LA SENCILLEZ DE LA VIDA

Cuanto más expuestos estamos a la vida exterior más apreciamos la cantidad de estímulos externos que nos llaman y llevan hacia experiencias variadas. De manera que, al recibir más cantidad de estímulos, necesitamos una mayor intensidad de éstos para que generen una reacción en nosotros. Es como cuando le pones sal a la comida. Te acostumbras y para apreciar la sal, necesitas más.

Aplicando esta experiencia humana, la de habituarse con facilidad, a las causas del estrés o malestar, me he encontrado en muchos casos, incluida yo, en vivencias u experiencias en algunos momentos donde nos falta el sentido de la vida, tenemos la sensación de aburrirnos, parece que todo es poco… Y es que vivir sin atención significa no vivir, no apreciar la vida.

La práctica de Mindfulness me ha enseñado a apreciar la vida en toda su sencillez, a no necesitar grandes eventos para sentirme viva o en plenitud, a notar las bondades de eso que tantas veces hemos leído (“los pequeños placeres de la vida”) y que puede ocurrir que dejemos de apreciarlos.

Si la vida no te  motiva mucho, necesitas entrenar la atención. Si el trabajo te aburre también puedes mejorarlo con el entrenamiento de la atención.

Practicar Mindfulness amplía la visión de la vida, de las situaciones, de ti y de tu entorno. Y lo dota de una apreciación amable. Amable, con el sentido de “ser digno de amor”. Todo lo que sucede puede ser abrazado con amor, amabilidad, comprensión. Eso ya de por sí, es un descanso.